Como cada mañana al salir de casa lo veo sentado sobre su esterilla tres portales más allá del mío, junto al de una oficina bancaria. Es un hombre que aparenta unos cincuenta y tantos años, de rasgos norteafricanos, vestido con pantalón de tergal, americana negra y camisa blanca, desabrochados los dos primeros botones. A pesar de que su atuendo no acaba de encajar del todo bien con la idea que uno tiene de un “sin techo”, cuando te acercas y puedes observarlo más en detalle te das cuenta de que pantalones y americana están raídos y su esterilla mugrienta, sin embargo su camisa está limpia y él se ve pulcro y bien afeitado. Son estos detalles los que revelan que todavía se aferra de algún modo a una vida mínimamente estructurada sin caer por ahora en el abandono más absoluto.
Pero su mirada, además de una inmensa tristeza, denota un punto de desesperación. Él se aposta cada mañana a la puerta del banco, como si eso le fuese a proporcionar mejores oportunidades, esperando reunir la cantidad suficiente de dinero que le permita seguir agarrado a ese hilo de dignidad que aún le queda.
Yo, que me tengo por una buena persona, suelo detenerme un instante cuando paso a su lado y le ofrezco las monedas que llevo sueltas en el bolsillo. Él me da las gracias siempre, con una cierta devoción que yo no necesito, y con mucha educación, sin cruzar más palabras.
De este modo, semana tras semana, hemos establecido un mudo y tenue vínculo que podríamos definir como “benefactor-protegido” o algo así que a mí me hace sentirme bien conmigo mismo, por aquello de que en el fondo recibe más quien da que quien es objeto de la dádiva.

“Si haces el bien, te acusarán de tener oscuros motivos
egoístas, haz el bien de todos modos.”

Madre Teresa de Calcuta

El caso es que los vínculos crean servidumbres, de lo contrario se pierden, y llegada la Navidad me ha parecido que ofrecer sólo unas monedas a mi “protegido” no se corresponde con el grado de vinculación que hemos establecido y, a pesar de que no me sobra el dinero, creo que puedo permitirme ofrecerle una cantidad superior a la habitual y le he dado cincuenta euros con grata sorpresa por su parte.
Desde entonces el vínculo entre mi “protegido” y yo se ha fortalecido y cuando me ve cada mañana se levanta de su esterilla y me saluda diciéndome.- “es usted un buen hombre”.- mientras le deslizo en la mano las acostumbradas monedas. Yo le quito importancia al comentario y sigo mi camino satisfecho en el fondo de mi propio altruismo.
Este incremento de intensidad en nuestra particular relación le ha proporcionado a este hombre la confianza suficiente para dar un paso adelante y a resultas de ello, ayer me ha hecho partícipe de alguna de sus muchas penas y me ha pedido doscientos euros para contribuir a pagar el alquiler de su vivienda, bajo riesgo de desahucio. Yo he quedado sorprendido por su franqueza y hasta cierto punto alagado por sentirme útil, al tiempo que alarmado por el importe de la ayuda solicitada. Aún así he echado mano a la cartera y le he dado ochenta euros que llevaba encima destinados a otros menesteres que de momento pospongo.
Sin embargo a mi interlocutor no le ha parecido suficiente mi gesto, y al recibir los ochenta euros una mueca de decepción se ha pintado en su semblante y un amago de queja se le ha escapado por la boca. Yo me he disculpado aclarándole que en este momento no puedo aportar más y lo he dejado con su protesta en los labios y un punto de irritación en mi interior.
Hoy me ha vuelto a abordar para pedirme los ciento vente euros que faltan hasta los doscientos que me ha solicitado ayer y yo he intentado hacerle entender que esas cantidades escapan a mis posibilidades y le he vuelto a ofrecer las monedas de mi bolsillo que ha aceptado con resignación y yo me he ido con una molesta sensación de frustración, muy alejada de la satisfacción que antes me proporcionaba ayudarle.
Esto me ha dado que pensar durante el día y al final de mi jornada laboral en ASISTED he llegado a varias conclusiones:
La primera es que ser bueno o bondadoso es muy fácil cuando esto resulta cómodo, cuando tu grado de generosidad lo delimitas tú.
La segunda es que cuando otro cuantifica hasta dónde eres miserable y a partir de cuando empiezas a ser bondadoso, tiendes a no compartir opiniones.
La tercera es que sólo se puede atribuir mérito a una buena acción cuando implica sacrificios personales.
La cuarta, es, en resumen, que intentar ser buena persona todos los días es mucho más difícil de lo que parece y requiere mayor determinación de la que yo tengo.
Finalmente pienso que no por ser difícil es inusual encontrar buena gente de verdad, y justamente yo no tengo que mirar muy lejos para encontrar buenos ejemplos entre todas las personas que trabajamos aquí, sobre todo en los cuidadores, que abordan cada día situaciones difíciles que solo pueden ser resueltas desde la generosidad, la entrega, la bondad y el altruismo.
Después de todo esto creo que mañana, cuando me encuentre con el hombre de la esterilla, le preguntaré su nombre y me quedaré un rato a charlar con él.

Eduardo Barón,
Coordinador de ASISTED

Septiembre 2017