No soy la primera persona ni seré la última en intentar trasladar y difundir la importancia y los beneficios que tienen tanto la meditación como el trabajo corporal y artístico en la salud y en el bienestar general de las personas.
Como profesora de danza y terapeuta, siempre les recuerdo a mis estudiantes que la meditación no se mide en función del tiempo que uno pasa sentado en un cojín. Es una actitud de la propia vida. Es en la práctica del movimiento, en la propia acción, cuando integramos y comprendemos. Es un ejercicio de escucha de la pulsación del ritmo y del silencio.
La meditación es una práctica milenaria. Actualmente, la neurociencia está aportando muchos datos que avalan científicamente sus beneficios, tanto a nivel físico como emocional y psíquico.
La corteza prefrontal, la amígdala (que nos capacita para sentir y percibir ciertas emociones), el timo, (órgano del sistema linfático de gran importancia en la felicidad y en la salud que empequeñece cuando estamos estresados o enfermos), los telómeros (involucrados en el proceso de envejecimiento) o la oxitocina (fundamental para promover lazos entre descendientes y para establecer relaciones sociales entre otras personas) evidencian los beneficios que hay tras la meditación, unos beneficios que sólo pueden comprenderse y establecerse con la vivencia de la práctica.
Mayoritariamente vivimos con el piloto automático, descontentos de nosotros mismos. La cultura y nuestro momento histórico son generosos en estímulos, conocimientos y oportunidades, pero no lo son tanto en el tiempo de que disponemos para poder asimilarlos. Tenemos tendencia a vivir inmersos en una espiral de presiones, haciendo y saltando de una actividad a otra, y a veces llevando a cabo dos o más actividades al mismo tiempo con una conciencia limitada sobre lo que estamos pensando y sintiendo, llenos de necesidades y ajenos al momento presente, ajenos a nuestra realidad.
Con la meditación potenciamos la atención, un estado de conciencia libre de distracciones, que nos permite estar presentes en el presente, con una actitud de indagación neutral, de recepción, de curiosidad, de apertura, de paciencia y de compasión. La meditación y el trabajo meditativo activo a través del cuerpo en movimiento nos ayudan a adquirir un estado de integración y de integridad. Nos permiten observar nuestros estados internos: nuestros pensamientos, emociones y sensaciones.
Un meditador o meditadora no juzga, lo cual no quiere decir que dejemos de tener criterio. La práctica nos permite adquirir un nivel más alto de conciencia y ésta puede ser una de las mayores capacidades que tenemos los seres humanos. Desafortunadamente, esta capacidad es muchas veces superficial. El pasado, el futuro y las fantasías nos alejan de la percepción de este estado de cognición que permite ver la realidad tal y como es, sin artificios.

“Veo primordial que las personas que cuidamos y acompañamos a otras personas sepamos cuidarnos a nosotros mismos”

Puedo dar fe desde mi propia vivencia de los grandes beneficios que me aporta la práctica de lo que vengo compartiendo hasta ahora. Durante mucho tiempo sometí a mi cuerpo, a mis estados emocionales, a mi psique y me atrevo decir que a mi alma, a mucha presión, tensión, exceso y a algún que otro abandono. Empecé a bailar a los cuatro años. Pude desarrollar una preciosa y fructífera carrera profesional por la que, por falta de cuidados además de lesiones físicas contrastadas, me diagnosticaron fibromialgia aguda y cansancio crónico. He aprendido a vivir con ello, no desde la resignación, sino desde una aceptación profunda de mi realidad y una actitud positiva frente a las adversidades.

“La meditación, la práctica suave del movimiento espontáneo y el dejarme ayudar me hacen más fácil mi día a día”

Después de una fuerte crisis de dolores y de gran confusión tomé una decisión: Estar en la salud y vivir tan plenamente como se me fuera permitido, y el primer permiso tuve que dármelo yo.
La fibromialgia está siempre presente en los que la padecemos, pero tiene momentos en que se arrebata y se manifiesta de forma cruel. ¿Qué hago con ello? Medito. He conseguido después de bastante práctica y por algunos momentos no sentir dolor, ni impotencia, ni frustración. Es más: Puedo relajarme, e incluso, sentir alegría y agradecimiento.
Con mis prácticas y mi compromiso puedo seguir llevando a cabo todos mis sueños. Sigo bailando y traspasando todos mis conocimientos, puedo amar desde la serenidad, sigo formándome en la universidad de Psicología, llevo a cabo un proyecto solidario para acercar la danza a personas sin recursos o movilidad reducida, organizo mi hogar y puedo acompañar a diferentes personas en su desarrollo humano.
La meditación me ayuda a poner distancia ante el sufrimiento. Acalla mi mente de producciones, me permite reconocer y soltar y en definitiva, vaciarme de mí misma. Resulta muy reconfortante el silencio dentro de tanto ruido y poder moverse libremente con lo que uno tiene.

Mónica Cano.
ARTE Y SALUD
Febrero 2018